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El fin de la década de los 80s  no pintaba muy bien para Michael Diamond, Adam Horovitz y el recordado Adam Yauch (fallecido en 2012), más conocidos como Mike D, Ad-Rock y MCA: Tras telonear a Madonna en 1985 durante su gira “The Virgin Tour”,  saborear el éxito de ventas de su debut Licensed To Ill (1986, Def Jam) y ganarse el respeto de pioneros como Run-DMC, eran ninguneados como otro one hit wonder más por la prensa, que los acusaba de subirse al carro de la victoria del rap, subrayando su condición de chicos judíos de clase media-alta; y se habían convertido en ídolos del típico adolescente gringo con poco seso y muchas ganas de parranda, a los que precisamente parodiaban en sus canciones. Para peor, su sello y su productor Rick Rubin se habían desentendido de ellos, causando su renuncia en 1988 por mala gestión de sueldos y royalties -en el documental Beastie Boys Story (2020, Spike Jonze) se revela que, más que por creer en su talento, Russell Simmons los fichó en Def Jam por el capricho de tener a un grupo de raperos blancos en la nómina-. Tristes, mas no desorientados, los tres amigos iniciaron un autoexilio en Los Angeles, California, donde lograron un contrato millonario con Capitol Records, que les permitió instalarse en una mansión de Hollywood Hills para ordenar sus ideas.  A través de Matt Dike, amigo en común con MCA y capo del sello Delicious Vinyl, conocieron a los productores Michael “EZ Mike” Simpson y John “King Gizmo” King, conocidos como The Dust Brothers, quienes, además de haber trabajado con gente como Young MC y Tone Lōc, llevaban tiempo desarrollando música 100% a base de samples, justo lo que el trío neoyorkino necesitaba para su proyecto de reinventarse con un álbum de mayor densidad lírica y sonora, muy distinto a lo que habían hecho hasta entonces.

En ese momento, los Dust Brothers ya habían terminado una serie de temas instrumentales que pretendían editar por su cuenta, pero los Beastie Boys lograron convencerlos de usar esas piezas en lo que sería Paul’s Boutique. Así, comenzaron a trabajar en el resto del material, que fue registrado entre los estudios Record Plant de Los Angeles, el departamento de Matt Dike y el departamento que MCA alquilaba en el sector de Koreatown, junto a Mario Caldato Jr. a cargo de la ingeniería de sonido y DJ Hurricane a las tornamesas. Contrario a la leyenda popular, no hubo problemas a la hora de utilizar los 105 samples que aparecen en el disco: El departamento legal de Capitol Records se encargó de obtener todas las licencias, a un valor que difícilmente se podría conseguir hoy; pero sí es cierto lo imposible que sería registrar ahora una obra como ésta, sobre todo después de que el compositor Gilbert O’Sullivan ganara una demanda en 1991 contra Biz Markie por el uso no autorizado de la canción “Alone Again (Naturally)”, que cambió para siempre el estándar para utilizar material ajeno dentro de la comunidad hip hop.

Si en su debut habían tenido la apertura de miras para integrar elementos del rock en sus canciones, en Paul’s Boutique el abanico se abre a sonoridades como el funk, el reggae, el pop, la psicodelia, el soul, el glam, el punk, los rare grooves e incluso fragmentos de entrevistas y publicidad radial ficticia, utilizados para revestir  canciones que hablaban de la vida en las calles (“Johnny Ryall”, “Car Thief” o la larga suite final “B-Boy Bouillabaisse”), violencia urbana entroncada con elementos de ”Rambo” y “La Naranja Mecánica” (“Looking Down The Barrel Of A Gun”), o una breve parodia al gringo redneck amante de los asados a la parrilla (“5-Piece Chicken Dinner” y su frenético solo de banjo aderezado con violín, gritos y gruñidos), pero también había momentos para dejar en claro que ya estaban cansados de interpretar el personaje fiestero-de-fraternidad-universitaria (una caricatura que, como ya sabemos, nunca fue bien comprendida), declarando que solo creían en su talento para encontrar su lugar en el mundo, en un paralelo con la historia bíblica de 3 hermanos cuya fe los salvó de morir quemados dentro de un horno (“Shadrach”). Eso sí, aún no dejaban del todo su lado maldadoso/cachondo, como demuestran en “Egg Man” (un llamado a molestar a cierto tipo de gente lanzándole huevos, mezclado con mensajes antiracistas y ciencia ficción serie Z), la fantasía de fechorías y escapismo de “High Plains Drifter” o el recuento de sus conquistas amorosas en “Hey Ladies”, aunque sin caer en la cosificación de “Girls” (canción de su debut que dejaron de interpretar en vivo, avergonzados de su contenido sexista).

Dueños de una agilidad mental que les permitía asociar elementos de la cultura popular , la literatura -con menciones a Jack Kerouac y J.D. Salinger-, el cine y la ciencia en un torbellino de imágenes propulsado por su particular sentido del humor y sus característicos juegos de voces, con versos individuales y rapeados al unísono, tan fluidos como trepidantes, en este disco se inició la maduración personal y musical del trío, que lograría taparle la boca a todos los que esperaban cualquier movimiento para hacerles una zancadilla. El camino, eso sí, no fue fácil. Aunque ahora su condición de obra maestra no se la quiten ni con orden judicial, en su momento este disco fue un fracaso de ventas, comparado con las cifras de Licensed To Ill. En perspectiva, era algo esperable: El brusco cambio de un estilo más directo a otro más intrincado, apabullante por la cantidad de referencias por minuto, incluso para alguien con el oído educado, alejó a quienes esperaban más de lo mismo, pero fue el primer paso hacia la consolidación que vino acompañada del apoyo a causas como la liberación del Tibet y el combate a la censura.

 Desde su icónica portada -una imagen de la calle Ludlow en Nueva York, acreditada a Nathaniel Hörnblowér, alter ego de MCA, pero capturada por el lente de Jeremy Shatan- pasando por el exquisito trabajo rítmico, alabado por Chuck D de Public Enemy, y los fragmentos de The Beatles, Curtis Mayfield, Kool & The Gang, Ramones, Sweet, Pink Floyd, Eagles, Sly & The Family Stone, Commodores, Trouble Funk, The Crusaders y un montón más, Paul’s Boutique fue, junto a 3 Feet High And Rising (1989, Tommy Boy) de De La Soul y The Low End Theory (Jive, 1991) de A Tribe Called Quest, un álbum que marcó nuevos rumbos para el desarrollo del hip hop sin perder sus cualidades con el paso del tiempo, capaz de dejar en ridículo a cualquiera de esos niñatos con exceso de tatuajes faciales y complejo de gangster que pululan por Bandcamp.  Escuchar ahora esta obra, para quienes fuimos preadolescentes en su momento, es abordar una máquina del tiempo y volver a tener 14 años, experimentando la misma sensación de estar frente al algo totalmente nuevo, hermoso y desconocido; así como una buena clase de historia musical, que permite investigar tanto hacia el pasado (el origen de los samples) como hacia el futuro (las carreras de Beastie Boys y asociados como Prince Paul o Q-Tip). Ya sea que hayas seguido su trayectoria desde el principio o los hayas descubierto hace poco tiempo,  sencillamente no hay excusa para dejar pasar esta reedición disponible en Kali Yuga Distro y escucharla a todo volumen. Imprescindible por donde se le mire.

Pablo Renato